Por Juan Martín Salandro

El 26 de abril del 2021 se cumplieron 121 años del nacimiento de no sólo el mejor novelista argentino, sino del primero. Si bien la novela, como forma, ya existía en la zona del plata (desde la Amalia de Mármol al Potpurri de Cambáceres), Roberto  Arlt inaugura una literatura que se nutre del rol de testigo, habitante, de quien experimenta el día a día, frente a los textos programáticos del naturalismo, y todo el pensamiento nacional heredero de Sarmiento. Su lugar de enunciación: una Buenos Aires en constante cambio, que se desvanece bajo los itinerarios de las líneas de ferrocarril, de los buques de los inmigrantes, y de los diferentes lenguajes que se cruzan, conformando lo que daremos a llamar ‘lunfardo’.

No es inocente que naciera en el año cero. Hijo de inmigrantes (padre autoritario y prusiano,  madre bruja y austrohúngara), Arlt va a escribir desde el lugar de aquellos que están haciendo y vivenciando las transformaciones radicales de una nación. Atravesada por los primeros movimientos disidentes (principalmente el anarquismo); nutrida de su labor periodística, que le imprime a el ímpetu de la crónica social y policial, del registrar el contexto inmediato;  separada tanto de los grupos de Florida como de Boedo, aunque influenciado lateralmente por este último; la lengua literaria arltiana desborda todos los marcos previos, crea nuevos géneros (como la ‘aguafuerte’) e inaugura una literatura nacional desde el borde de esa nación, y que va a emerger cada vez más incesantemente en las expresiones posteriores hasta que, gracias a la reivindicación del grupo Contorno, logra  posicionarse en el centro del campo literario “con la violencia de un cross a la mandíbula”.

Muerto a los 42 años de un corazón exhausto por su inmensa labor, tanto literaria (5 novelas, 3 libros de cuentos, 10 obras de teatro), como periodística (más de 4mil aguafuertes y varios viajes de corresponsal a África, Europa y el interior del país),[1] no sólo dejó un programa artístico, la experiencia vital de un regionalismo brutal, intraducible, que demuele el edificio estético y sintáctico de las letras nacionales, como contracara de lo borgeano; sino también una imagen de actor cultural incansable, cuyo ímpetu no sólo inauguró una literatura nacional (“nuestra” dice él), sino que también impulsó la consolidación de un teatro nacional, en “El teatro del pueblo”. Ímpetu que, de haber vivido unos años más, hubiera llegado al cine, como ya señalaron Ricardo Piglia, David Viñas y Martin Kohan por su lado, y como dejó entrever en el personaje de Barsut (Los 7 locos).

Hoy día, a Arlt se lo sigue pensando(este año salió un ensayo nuevo sobre él, Roberto Arlt el monstruo, de Diego Cano y por editorial Bärenhaus), porque su obra continúa interpelándonos, continúa chocando con, y dando cuenta de, el ethos argentino. Porque, como escribió, no se puede pensar en bordados mientras el edificio social se desmorona, Arlt habla desde la crisis social, y lo va a seguir haciendo mientras esta siga siendo nuestra constante. Una divergencia: la escena de Darín en Las 9 reinas, cuando el guapo porteño se sumerge en la multitud desesperada del banco (una reducción del uno en lo numénico) es equivalente a la muerte del Rufián melancólico en Los 7 locos, acribillado entre la masa de trabajadores inmigrantes.

Si hay una poética arltiena, es el prólogo a Los lanzallamas. Cierra su programa estético con una polémica: “Y que el futuro diga”. Y el futuro habló.Feliz cumpleaños maestro.


[1] La máxima arltiana se define por el trabajo y la violencia, la necesidad de hacerse un lugar polemizando con el resto de las formas: “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y que los eunucos bufen”.


El presente artículo refleja la opinión personal de su autor y no corresponde necesariamente a la línea editorial de Trama Educativa.

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