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violencia Por Thomas Rojas, presidente del Consejo Secundario Estudiantil

Cuando se habla de violencia escolar, muchas veces la atención se dirige únicamente a las peleas que se viralizan en redes sociales o a los episodios que llegan a los medios de comunicación. Sin embargo, esa mirada es insuficiente. La violencia no empieza cuando vuela un golpe; empieza mucho antes.

Empieza con la burla que se normaliza, con el compañero que es excluido todos los días, con el insulto disfrazado de “chiste”, con el comentario humillante en un grupo de WhatsApp, con el miedo a participar por temor a ser ridiculizado y con el silencio de quienes observan sin intervenir. Cuando esas situaciones se vuelven parte de la rutina, la violencia ya está instalada, aunque todavía no haya una pelea.

Como sociedad, solemos reaccionar cuando el conflicto explota. Nos indignamos frente a un video, pedimos sanciones y exigimos respuestas inmediatas. Pero pocas veces nos preguntamos qué ocurrió antes de ese momento. ¿Cuántas señales fueron ignoradas? ¿Cuántos pedidos de ayuda no encontraron respuesta? ¿Cuántas veces se minimizó un problema diciendo que “son cosas de chicos”?

La convivencia escolar no puede construirse únicamente a partir de sanciones. Se construye todos los días, promoviendo el respeto, el diálogo y la empatía. Eso implica que estudiantes, docentes, directivos y familias asuman una responsabilidad compartida. Nadie puede mirar hacia otro lado cuando un compañero es humillado o aislado.

También es necesario fortalecer los espacios donde los estudiantes puedan expresarse y participar. Los centros de estudiantes, las organizaciones estudiantiles y otras instancias de diálogo pueden convertirse en herramientas fundamentales para prevenir conflictos, escuchar las preocupaciones de los jóvenes y generar propuestas que mejoren la convivencia. La participación no es un complemento: es parte de la solución.

Combatir la violencia no significa solo intervenir cuando ocurre una agresión. Significa crear una cultura escolar en la que el respeto sea una práctica cotidiana y no una consigna escrita en una cartelera. Significa enseñar que las diferencias se resuelven hablando, que nadie merece ser humillado y que el silencio frente a una injusticia también tiene consecuencias.

Las escuelas deben ser espacios donde los estudiantes aprendan matemáticas, historia o ciencias, pero también donde aprendan a convivir. Porque formar personas es tan importante como formar profesionales.

La violencia escolar no se termina cuando deja de haber peleas. Se termina cuando deja de ser normal faltar el respeto, excluir, humillar o callar frente al sufrimiento de otro. Si esperamos a actuar recién cuando aparece un video viral, entonces siempre estaremos llegando demasiado tarde.


El presente artículo refleja la opinión personal de su autor/a y no corresponde necesariamente a la línea editorial de Trama Educativa.

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