silencio silencio Por Crónica Radiante
El bullying no es algo que se identifique fácilmente. Es una problemática que ocurre a diario y afecta a más estudiantes de los que podemos imaginar.
Las humillaciones y las agresiones son constantes. Las miradas juzgadoras, los prejuicios, los rumores y el aislamiento social son situaciones que, lamentablemente, se han normalizado.
Esta realidad no cambia únicamente a través de convivencias escolares y charlas obligatorias que la Provincia ordena realizar en las instituciones. Los agresores, quienes afectan a otras personas de forma directa o indirecta, muchas veces no le dan importancia a estos espacios de concientización. En numerosos casos, ni siquiera se reconocen como agresores porque consideran que sus acciones son “solo una broma”. Creen que sus burlas, sus gritos, sus empujones o sus comentarios no afectan a los demás. No comprenden que la persona que los recibe experimenta un trato deshumanizante cada vez que los ve, los escucha o siente la violencia sobre su propio cuerpo.
No es una exageración. El respeto es un principio básico y fundamental que toda persona debe comprender y aplicar.
Este trato abusivo provoca en muchas personas un profundo deterioro de su salud mental, lo que puede derivar en autolesiones, adicciones e incluso el suicidio. Muchas veces nos preguntamos por qué esa persona no pidió ayuda, por qué no habló o por qué no luchó. Sin embargo, hay silencios que hacen más ruido que un grito. Llega un momento en el que ya no quedan fuerzas para hablar, gritar o incluso llorar. Todo parece inútil, como un muro imposible de superar que conduce a la resignación.
Todo esto me lleva a analizar, desde un punto de vista personal, las amenazas de tiroteos que actualmente ocurren en las escuelas. Las interpreto como una forma de manifestación y una manera de visibilizar el estado de la salud mental de gran parte de la población adolescente en la actualidad. También reflejan cómo amenazar la vida de una o varias personas se toma como una “broma”, un juego que transforma la escuela en un lugar inseguro y aterrador, cuando debería ser todo lo contrario. Es indignante, doloroso e incomprensible que algo tan violento y cruel llegue a normalizarse.
Detrás de estos “juegos” existe una realidad mucho más compleja y preocupante. Hubo un día cualquiera, una jornada escolar y laboral, estudiantes, profesores, directivos y auxiliares asistiendo a la escuela y, entre todas esas personas, alguien que llevaba una mochila ligera, prácticamente vacía, a excepción de un único objeto: un arma cargada. Sin embargo, esa decisión no nació de un momento aislado. En muchos casos, detrás de ella existe una historia marcada por el sufrimiento, el rechazo, la humillación constante y una profunda sensación de soledad que se fue acumulando con el paso del tiempo.
Esto no significa justificar ni minimizar un acto tan grave, sino comprender que la violencia extrema suele ser la manifestación de problemas que durante años fueron ignorados. Una persona que llega a considerar una acción de este tipo probablemente ha atravesado situaciones que deterioraron gravemente su salud mental, hasta el punto de perder la capacidad de encontrar otra salida. El dolor no tratado y la falta de acompañamiento pueden transformar la desesperación en ira y la ira en decisiones devastadoras.
Nunca se sabrá cuál era su verdadera intención, si realmente quería cometer un homicidio o si solo buscaba generar caos. Lo que sí podemos afirmar es que nadie nace deseando convertirse en una amenaza para los demás. Detrás de esa persona hubo un adolescente que, en algún momento, necesitó ser escuchado, acompañado y protegido. Sin embargo, aunque comprender el origen de ese sufrimiento es necesario para prevenir futuras tragedias, también es importante recordar que ninguna experiencia de dolor justifica poner en riesgo la vida de otras personas. La solución no está en actuar antes de que el silencio, la indiferencia y el abandono destruyan tanto a quien sufre como a quienes lo rodean.
El presente artículo refleja la opinión personal de su autor/a y no corresponde necesariamente a la línea editorial de Trama Educativa.
