
Por Karina Insaurralde
Licenciada en Educación
Diciembre llega y, con él, ese clima particular que solo se vive en las escuelas: un aire de cierre, de alivio, de cansancio y, a veces, de derrota. Se mezclan la algarabía de quienes terminan la secundaria con la tranquilidad de quienes “no se llevan nada”. En las escuelas primarias aún queda el último capítulo de la historia. Pero en ambos niveles, primaria y secundaria, las escenas se repiten como un ritual que el sistema no termina de revisar: carpetas abiertas sobre escritorios, actas que se completan a las corridas, reuniones con familias, exámenes, trabajos prácticos y un desfile de planillas que parece no tener fin.
En el centro de todo, siempre, están los chicos y las chicas. Algunos que no alcanzaron los “contenidos mínimos”, otros que sí, pero a un costo emocional que no suele aparecer en ningún acta. A su alrededor, los adultos -docentes, directivos, familias, funcionarios- ensayan explicaciones, reparten responsabilidades, buscan culpables. Como si la escuela fuera un organismo aislado del mundo que la atraviesa.
En medio de este escenario, vuelvo inevitablemente a mis propios recuerdos. A esa compañera de segundo año que, un día, se enteró de que repetía y mi madre terminó acompañándola hasta su casa porque estaba paralizada de miedo. Yo todavía puedo ver su mirada: tristeza, vergüenza, desamparo. En los 90, repetir significaba cambiarse de colegio o, al menos, de turno, así que dejamos de vernos. Años después nos cruzamos en un colectivo y me dijo algo que todavía me pesa: que tardó años en sacarse de encima la sensación de “no servir para nada”.
Los tiempos cambiaron, pero la escuela todavía conserva ciertos mecanismos heredados: la fascinación por el resultado, la obsesión por la eficiencia, la sospecha permanente hacia el proceso. Y entonces una pregunta se vuelve inevitable: ¿Cuántos estudiantes aprueban haciendo trampa porque no encuentran otra salida? ¿Y cuántos desaprueban aun habiendo hecho todo lo que podían?
No se trata de señalar a nadie. La escuela no es una isla: es un reflejo del mundo que habitamos, un mundo que todo lo quiere rápido, medible, optimizado. Aprender no es un proceso productivo, pero muchas veces lo tratamos como si lo fuera.
La evaluación procesual debería ser el corazón de la práctica docente. Sin embargo, entre la burocracia, las planificaciones rígidas y las exigencias administrativas, la evaluación sumativa termina imponiéndose. Si desde primaria la experiencia escolar se vuelve una sucesión de presiones, no sorprende que el entusiasmo infantil por aprender se transforme en la urgencia adolescente por aprobar a cualquier precio: para algunos, tomando atajos; para otros, cargando síntomas físicos o emocionales que nadie registra.
Einstein lo había advertido, tal como cuenta en su biografía de 1949, con una honestidad conmovedora: los exámenes lo angustiaban tanto que, durante un año entero, cualquier pensamiento científico le resultaba insoportable. Y aun así, decía, fue “casi un milagro” que su curiosidad no muriera asfixiada. Casi ocho décadas después seguimos confundiendo aprobar con aprender.
La evaluación, como advierte Philippe Meirieu, solo tiene sentido si permite al que aprende ubicarse en su camino y al que enseña ajustar su intervención. Si la “semana de intensificación” no habilita nuevas estrategias y se limita a repetir lo que ya fracasó, si los estudiantes aprueban todo pero olvidan en meses lo que supuestamente aprendieron, ¿qué función está cumpliendo realmente la evaluación?.
No fallamos los docentes, no fallan los estudiantes. Falla un sistema que necesita una reconstrucción profunda, simultánea, que venga tanto de la academia como de la política pero, sobre todo, que escuche la voz de quienes están todos los días frente a un aula.
Aun así, no pierdo la esperanza. En muchas escuelas -más de las que se cuentan en los titulares- hay docentes y estudiantes construyendo juntos aprendizajes significativos, a veces silenciosos, a veces invisibles. Porque las transformaciones verdaderas comienzan siempre desde abajo, en comunidad. Como escribió Freire, la concientización “no es un estado, sino una praxis”: acción y reflexión para transformar la realidad.
Tal vez, en esa praxis cotidiana, en esos gestos pequeños que no figuran en ninguna planilla, ya esté naciendo la escuela que necesitamos.
El presente artículo refleja la opinión personal de su autor y no corresponde necesariamente a la línea editorial de Trama Educativa.
