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Por Analía Moreno, licenciada en Educación con Orientación en Organización y Conducción de las Organizaciones Educativas

La violencia digital en las aulas mediante la utilización de Inteligencia Artificial visibilizó la falta de protocolos de las instituciones y la urgencia de actualizar la ESI. Entre el colapso escolar y la respuesta de los centros de estudiantes, la voz de las y los jóvenes demanda herramientas de protección real como la Ley Ema y rechaza la prohibición de la tecnología como única respuesta.

Una amenaza que trasciende las pantallas educación

Las deepfakes se han convertido en una de las amenazas más complejas de la era digital, impactando de lleno en la confianza y la privacidad. Como señala UNICEF, son contenidos (imágenes, videos o audios) generados o alterados con inteligencia artificial que simulan la realidad. Sus consecuencias ya se visibilizan en múltiples ámbitos: desde estafas financieras -que utilizan la imagen de periodistas y figuras públicas para promocionar falsas inversiones- hasta estrategias de desinformación diseñadas para distorsionar campañas políticas y manipular a la opinión pública.

Como ocurre con casi todos los fenómenos sociales, los problemas de la calle digital, más tarde que temprano, terminan impactando de lleno en la escuela. Recientemente, colegios como el Carlos Pellegrini, el Normal 1 y el Nacional de Buenos Aires encendieron las alarmas sobre esta cuestión. Allí, la inteligencia artificial se utilizó para desvestir, exponer y vulnerar la intimidad de las estudiantes mediante la creación y circulación de imágenes explícitas sin su consentimiento.

A simple vista, podría pensarse como una broma pesada entre adolescentes o un uso irresponsable de las fotos. Sin embargo, la problemática es infinitamente más compleja y exige una atención urgente: no estamos ante un juego, sino ante una vulneración clara de los derechos y la intimidad de las jóvenes. Por eso, iniciativas como la Ley Ema se vuelven indispensables. Impulsada por Faro Digital, esta propuesta legislativa no solo busca nombrar y sancionar la violencia digital y la creación de material íntimo sin consentimiento, sino también brindar herramientas concretas de protección, contención y justicia para las víctimas dentro y fuera del entorno escolar.

La respuesta en las aulas: improvisación y contención estudiantil

Ante la emergencia de las deepfakes y la demora de las instituciones en brindar protocolos claros, las y los estudiantes no se quedaron de brazos cruzados. Fueron las propias comunidades educativas y sus centros de estudiantes quienes asumieron el rol de contención primaria y alerta temprana.

Frente a la irrupción de este tipo de violencia digital, las instituciones suelen quedar desbordadas y sin herramientas claras de acción. La velocidad con la que circula la información en el entorno virtual choca de frente con los tiempos de respuesta del mundo adulto y las dinámicas institucionales.

“En la virtualidad todo corre muy rápido. Al principio circuló como un chimento, no había data concreta de esas fotos. Nadie sabía si existían realmente, si eran verdaderas o cuántas pibas estaban involucradas”, relata Micaela, presidenta del Centro de Estudiantes, sobre los primeros momentos de incertidumbre.

La falta de protocolos vigentes provocó una reacción en cadena que paralizó a la institución: “Después las denuncias cayeron como un efecto dominó y el colegio colapsó. Nadie sabía qué hacer ni cómo actuar”  agrega Micaela, narrando un panorama de total desconcierto.

Frente a la crisis, las respuestas institucionales pecaron de improvisadas y anacrónicas: se optó por dividir los cursos entre varones y mujeres para evitar que se cruzaran en los pasillos, una medida que, lejos de solucionar la violencia digital o educar sobre el consentimiento, sólo evidenció la falta de herramientas para abordar la convivencia digital entre jóvenes.

En ese escenario de desamparo, la organización estudiantil fue la que asumió el rol de contención primaria. Espacios como Pibas y Ciencias, una comisión dentro del Centro de Estudiantes pensada originalmente para la formación y la participación en el feminismo, tuvo que reconvertirse de urgencia: “Terminamos usando ese espacio para contenernos, organizarnos y cuidarnos entre nosotras cuando la escuela no sabía qué hacer con las pibas”, concluye Micaela.

La brecha generacional y el mito de la prohibición educación

La dificultad de las instituciones para actuar no es casualidad; responde a una profunda brecha generacional sobre cómo se habita el mundo digital. Para las y los jóvenes, las redes no son un simple entretenimiento, sino un espacio donde se construye su identidad.

Para nosotros la virtualidad es una pseudo-vida. Lo que se comparte forma parte de quién sos: la gente está pendiente de lo que subís, del like, hay una necesidad constante de sobre compartir tu vida”, reflexiona Micaela sobre esta dinámica. “Es un terreno que las personas mayores no suelen transitar de la misma manera y, por eso, les cuesta dimensionar el verdadero impacto emocional y social que tiene la vida virtual en las y los jóvenes”.

Ante la complejidad del panorama, una de las soluciones que suele circular en el debate adulto es la restricción drástica de la tecnología en las escuelas. Sin embargo, desde la perspectiva estudiantil, esta medida no solo es retrógrada sino impracticable.

“La prohibición de los celulares en el aula es inviable. Hoy el teléfono es una herramienta clave de estudio: nos permite acceder a los materiales sin necesidad de imprimir y conectarnos a plataformas como Google Classroom para entregar tareas”, señala la presidenta del Centro de Estudiantes.

Así, la respuesta no puede ser el aislamiento ni la prohibición del dispositivo, sino la educación, la alfabetización digital crítica y el acompañamiento de políticas públicas.

Hacia una ciudadanía digital con empatía y derechos

Se vuelve indispensable una Educación Sexual Integral (ESI) que incorpore la dimensión digital, el consentimiento y la ética en las redes, acompañada por el impulso firme de la Ley Ema para dar un marco de protección real frente a la difusión no consentida de material íntimo.

La tecnología avanza, pero la empatía y la convivencia son cuestiones de construcción comunitaria. Escuchar a las pibas y pibes no es solo una opción pedagógica: es el único camino posible para transformar el entorno digital en un espacio seguro, respetuoso y con derechos para todas y todos.


El presente artículo refleja la opinión personal de su autor/a y no corresponde necesariamente a la línea editorial de Trama Educativa.

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