odio Por Marcela Esperón
Lic. en Psicología, UBA. Prof. en Enseñanza Media y Superior en Psicología, UBA. Especialista en Gestión y Conducción Educativa, FLACSO
Tener en claro que a ciertas cosas hay que decirles no, está estrechamente relacionado con nuestra salud mental. El odio tiene que ver con un deseo de mal; sabemos que los deseos, en tanto no se los lleve a la práctica, quedan como en el alma de quien los siente. Siempre que se mantengan solo en SU mente…
El odio es pariente de la crueldad; si ella se hace efectiva, produce dolor y desconsuelo. En ese caso, sabemos que quien recibe los efectos de la crueldad puede sufrir mucho. Por esa razón, hay que prohibir el ingreso del odio a la escuela. Puede sonar dura la palabra prohibir, pero tiene que ver con la autodefensa. Al odio que atraviesa nuestra sociedad en este momento y en otros, no hay que permitirle el ingreso en nuestras instituciones. Si ingresa y realiza un ”copamiento” de la escuela en general, del patio, de las aulas, de los baños, de las sonrisas de los niños, de la ilusión de los docentes, directivos y no docentes; puede teñirlo todo. Y, de ese modo, la educación se verá sacudida de tal manera que, si algo se aprende o no, será un tema casi secundario.
Si el odio se inscribió en la escuela, trae su útiles, asiste a clases, hay que decirle que No, pero Si al alumno. Si el docente, el directivo, el auxiliar aportan su odio, a ese odio también hay que decirle que No. A los trabajadores un Si enorme; a su odio, No.
Algunas veces descubrimos que ya ingresó; no lo copó todo, pero modifica nuestro clima laboral. Sería interesante intentar sacarlo a partir de distintas estrategias; apelando a otros actores escolares. Se tratará entonces de una tarea colectiva; compleja, pero valiosa. Nos tendremos que basar en esfuerzos y recursos de otras personas que se plantean el mismo tema, en la creatividad personal y en la institucional. No hay una fórmula mágica, pero compartir experiencias con docentes y directivos de otras escuelas, puede ser de gran ayuda. Sería interesante tratar de realizar un intento concreto, más allá de la queja. Si por fuera de la institución, las personas aplauden la crueldad; nosotros en nuestra institución, no.
Sabemos que es una tarea sumamente desgastante, pero detrás de cada sonrisa de un alumno y sus docentes hay esperanza; hay algo que nos deja dicho que la escuela y nuestra tarea siguen valiendo la pena. Tal vez uno solo no pueda con todo, pero cada uno que se sume hará que se pueda con algo. Más allá de nuestras acciones colectivas, hay que reclamar a las autoridades del sistema educativo y a las instituciones gubernamentales que se ocupen de las situaciones de violencia que nos exceden y no nos corresponden.
Tal vez sea un tiempo en el que haya que reconocer y potenciar aquello que es significativo; recortarlo de lo que no. Cuidar nuestro territorio es cuidarnos. No se trata de una utopía, se trata de intentar algún tipo de cambio. Resalto, algún tipo de cambio; no todos.
Comparto con ustedes lo que pensaba Eduardo Galeano sobre la utopía: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.
Para concluir esta reflexión los invito a que sea un intento, que sea un caminar, pero que sea.
El presente artículo refleja la opinión personal de su autora y no corresponde necesariamente a la línea editorial de Trama Educativa.
