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brecha generacional Por Analía Moreno, licenciada en Educación con Orientación en Organización y Conducción de las Organizaciones Educativas

Hablar de brecha generacional parece algo obvio: es sabido que entre las distintas épocas de la vida existe una distancia lógica, sana y necesaria que habilita la construcción de la propia identidad. Sin embargo, para comprender la profundidad del abismo actual, basta mirar hacia los años noventa. En aquella década, la distancia entre padres e hijos era más estrecha porque el mundo material y cultural cambiaba a un ritmo humano. Hoy, en cambio, la aceleración tecnológica ha fracturado esa temporalidad compartida.

Frente a este escenario, muchos adultos sienten la urgencia de demostrarle a las nuevas generaciones que no se han quedado afuera, convirtiendo el uso de las plataformas en una suerte de competencia de validación. Sin embargo, cabe aclarar que dominar la interfaz -aprender a subir un Reel, editar un TikTok o aplicar un filtro- no equivale en absoluto a habitar la cultura digital.

En el peor de los casos, las redes sociales se transforman para el adulto en un escenario de revalidación constante. Buscar demostrarle a los jóvenes que también entendemos el algoritmo, que manejamos la jerga del momento y que estamos “actualizados” solo produce un efecto adverso: eso que ellos diagnostican de inmediato como cringe o vergüenza ajena. Al intentar competir en un territorio donde la juventud no es un estado del cuerpo sino la matriz misma del código, el adulto no logra acortar la distancia; solo la vuelve más evidente y torpe.

Allí radica el malentendido fundamental. La verdadera brecha no es técnica ni de herramientas; es epistemológica y afectiva. Los adultos solemos minimizar o ridiculizar el impacto emocional de las redes porque medimos la realidad exclusivamente con la vara del mundo físico. Somos incapaces de comprender que, para las nuevas generaciones, el espacio digital no representa un “entretenimiento superficial”, sino un territorio legítimo de construcción identitaria, pertenencia y afecto.

Recuperar la agencia adulta brecha generacional

Para acortar esta distancia, los adultos necesitamos primero recuperar nuestra propia agencia: renunciar a la ridícula pretensión de ser “pares digitales” y asumir, de una vez, la responsabilidad de ser guías afectivos. Acompañar no significa mimetizarse con el código de los adolescentes, ni tampoco fiscalizar sus pantallas desde la soberbia analógica. Acompañar implica validar sus dolores y alegrías virtuales con la misma seriedad que las del mundo físico, ofrecer un marco de contención que el algoritmo jamás podrá brindar y construir puentes basados en la escucha y el amparo. Solo cuando el adulto abandona la competencia y reclama su rol de presencia y resguardo, la brecha deja de ser un abismo para convertirse en un espacio de encuentro.

Esto no debe plantearse como una utopía romántica, sino como una necesidad urgente de cuidado y enriquecimiento mutuo. Las redes sociales sin mirada adulta se convierten en un ecosistema desregulado, expuesto al cyberbullying, las estafas, la adicción al algoritmo y la sobreexposición. Un adulto que comprende y respeta el entorno digital se vuelve un interlocutor válido al que el joven puede acudir en situaciones de vulnerabilidad, sin miedo a ser juzgado o ridiculizado

Beneficios de una alianza intergeneracional

Los beneficios de esta alianza son inmediatos. Para las nuevas generaciones, significa dejar de habitar el espacio virtual en absoluta soledad, sabiendo que cuentan con un adulto capaz de validar sus angustias digitales sin minimizar su entorno. Para los adultos, implica recuperar una vigencia genuina y abandonar el analfabetismo cultural que genera el aislamiento analógico.


El presente artículo refleja la opinión personal de su autor/a y no corresponde necesariamente a la línea editorial de Trama Educativa.

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