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Playa Por Melanie Mandagarán
Profesora en Historia

Los medios de comunicación anuncian jornadas de altas temperaturas. A medida que amanece, el sol cobra una fuerza sin igual y el calor se hace sentir en toda la ciudad de Mar del Plata. Frente a esa situación, una pregunta se replica: ¿vamos a la playa? La respuesta afirmativa da inicio a un ritual que varía, pero que siempre concluye en un peregrinaje a la costa.

Pareciera que la historia termina aquí con el hundimiento de los pies en la arena, pero no, eso es solo el comienzo. Con la arena a altas temperaturas, la opción más segura es acercarse al mar con el calzado puesto y por los angostos caminos de madera que la arena suele ocultar. Luego llega la decisión más difícil: buscar la mejor ubicación, que se complejiza si se optó por ir en grupo, dado que algunos prefieren estar cerca de las rocas pero otros rechazan esa opción y recomiendan mayor cercanía con el agua, pero siempre está el que advierte que la marea subirá mientras otros se quejan de que si se decide otra ubicación ir a bañarse quedará demasiado lejos. Tras un arduo debate, comienza el proceso que mi abuela denominaba “desensillar” en el cual se toma posesión de ese pequeño espacio de arena, abriendo las reposeras, ubicando la sombrilla de tal forma que no se vuelve con el viento, y estirando las lonas y esparciendo demás objetos. Luego el tiempo pasará con baños en el mar, asoleándose o con algún juego. Ahora bien, ¿siempre se disfrutó de la playa de la misma manera? La respuesta es no, la utilización de la playa ha acompañado los cambios que se dieron en el ámbito político, económico y, sobre todo, social. Veamos esto con mayor profundidad y qué mejor que las diversas normativas que han regulado la utilización de ese espacio.

A fines del siglo XIX, cuando Mar del Plata estaba afianzando su perfil como balneario, se estableció la primera regulación para el uso de la playa, el famoso Reglamento de Baños, conformado por nueve artículos. Entre ellos se establece que los trajes de baño permitidos deben ir ¡desde el cuello hasta la rodilla! Otro artículo afirmaba que los hombres debían estar a una distancia de treinta metros de las damas mientras estaban en el mar, y, en sintonía con eso, el artículo N° 5 prohibía el uso de binoculares o instrumentos de larga vista para evitar incomodar a los bañistas.

Años más tarde, en la década de 1930, se sancionó un nuevo Reglamento. Esta normativa se estableció en un contexto diferente al predecesor, dado que para ese momento Mar del Plata ya era ampliamente conocida como la ciudad balnearia que todos querían visitar. Además, había dejado de ser el refugio veraniego exclusivo de la elite porteña para recibir a otros grupos sociales, una iniciativa de las gestiones socialistas que dirigieron la comuna durante la década del 20. Volviendo al nuevo Reglamento, este era mucho más amplio que el anterior y establecía horarios específicos para bañarse, prohibía que personas con determinadas enfermedades y padecimientos asistieran a la playa, así como mencionaba las atribuciones de los guardavidas, una figura indispensable para el ocio marítimo, entre otras cuestiones.

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Varios años después, en 1976, el municipio de General Pueyrredon sancionó la Ordenanza N° 4133 que establece dos prohibiciones para las playas comprendidas entre Playa Grande y La Perla. La primera corresponde a juegos de pelota o cualquier otra actividad que pueda llegar a molestar a los demás y la segunda es referida a los animales, los cuales no estaban invitados a disfrutar de la arena y el mar. Este último punto no era ninguna novedad, habida cuenta de que se replica en los reglamentos anteriores, aunque si nos guiamos por fotos antiguas, este punto fue ampliamente incumplido y ejemplo de ello son los camellos que eran utilizados como atracciones turísticas en las primeras décadas del siglo XX. Esta no sería la única similitud entre las tres normativas, también comparten la imposición de multas frente a los incumplimientos, que en algunos casos incluso podía implicar la detención del infractor como el caso del Reglamento de 1888.

Ahora bien, podemos observar cómo la sociedad avanzó en algunas cuestiones, por ejemplo, en los primeros reglamentos se establecen normas estrictas sobre los trajes de baño: mientras el primero impone trajes que no dejaban ver el cuerpo, el de los años 30 era mucho más laxo, aunque establecía límites a la hora de tomar “baños de sol”. Por su parte, la ordenanza de los años setenta no hace referencia a la vestimenta, aunque otras disposiciones vigentes establecen que no se puede exhibir el cuerpo desnudo en su totalidad. Aquí hay que tener en cuenta que los avances de la moda y la relación con los cuerpos generaron esas modificaciones en la vestimenta playera. Con el paso del tiempo, los trajes pasaron a incorporar colores y a estar formados con menos tela, siendo uno de los cambios más significativos en esta materia la aparición del bikini en la década del sesenta que significó un gran número de debates entre los que estaban a favor y los que lo rechazaban. Esto está fuertemente vinculado con los cambios en la valoración de los “baños de sol”. Antiguamente se ponderaban las pieles blancas por lo que se evitaba el contacto con el sol, dado que una piel bronceada estaba relacionada con aquellas personas que debían trabajar. En la actualidad el bronceado es símbolo de ocio, remite al verano, a la playa, nos muestra que el portador de esa piel dorada ha podido disfrutar de algunos momentos bajo el sol.

En los más de 130 años que transcurren entre la implementación del primer Reglamento de Baños y la actualidad, la forma de disfrutar la playa ha cambiado, pero algo se mantiene igual: frente a un aumento de temperaturas una pregunta se replica: ¿vamos a la playa?

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